
Fotos que duelen
Por Arq. Ignacio Pez
CAUPSF-D1 04493
Arquitectxs Sindicadxs

Hablo por ella
“Soy Roberto Maurino, abogado, profesor de historia, jubilado. Vengo a prestar testimonio en nombre de una arquitecta: Ana María Ciancio, oriunda de Las Parejas, nacida el 14 de diciembre del año 1947. Su apodo en la familia era ‘Nenucha’, pero para nosotros era Ana María. Hacía un año que éramos novios.
El día 31 marzo del 76, en los albores de la dictadura, Ana María se va a visitar a una amiga arquitecta que vivía en Capital Federal. Desde allí me avisa que volvía en las primeras horas del 5 de abril. Yo la espero en el Trébol, donde estaba viviendo. Ella tendría que haber tomado el micro a última hora del domingo 4 de abril, y llegar la madrugada del 5 de abril, pero no llegó. Desapareció en el trayecto entre Buenos Aires y Rosario entre el 4 y el 5 de abril de 1976.
Su desaparición es realmente un misterio. ¿Cómo y por qué cae, y en qué lugar? ¿Fue en la terminal de Ómnibus de Buenos Aires? (en esa época no existía la terminal actual, cada empresa tenía su propio punto de salida, y la empresa General Urquiza lo tenía en Constitución). El ómnibus paraba en la ruta, no entraba al Trébol, donde tampoco había terminal. Es un misterio dónde desaparece: si se bajó en Rosario para ir al departamento a buscar algo, cuando en realidad el objetivo era que se bajara en El Trébol. Una compañera que vivía en Buenos Aires habló con ella ese domingo 4 a la tarde, y ella le dijo que se venía para El Trébol, lo que hace pensar que la tienen que haber ‘chupado’ en el interín entre el hotel y tomar el micro en Constitución. A esa altura había controles por todos lados, incluso controles con listas”.
Ana María Ciancio estudiaba Arquitectura en la Universidad Nacional de Rosario, y militaba en la Juventud Universitaria Peronista (JUP). Según el testimonio de quien era su pareja, entre el 4 y el 5 de abril de 1976, días después del inicio de la sangrienta dictadura militar autoproclamada “Proceso de Reorganización Nacional”, fue secuestrada y desaparecida por las fuerzas represivas. Tenía 28 años. Desde ese momento no se sabe nada de ella. Ni un rastro. Nada de nada.
Las escondidas
Roberto Maurino, militante peronista, historiador apasionado por el revisionismo histórico, nos recibió en su departamento de Rosario una tarde de octubre de 2023, para prestar su testimonio en el Audiovisual Huellas (de Arquitectxs) que venimos sosteniendo desde la Agrupación Arquitectxs Sindicadxs, con apoyo del CAU-D1.
Lo que nos motivó a embarcarnos en este desafío fue la necesidad de visibilizar historias no contadas que tenían como protagonistas a un puñado de colegas que, por distintas razones, parecían estar condenadas al olvido, no por sus familias y compañeros de militancia sino desde los espacios institucionales. El Colegio que nos nuclea no hablaba de ellos y de ellas, no les nombraba, aunque sus vidas se hayan cruzado con las de muchos profesionales que hoy les siguen recordando con gran afecto, y con quienes compartieron estudios, trabajo, amistad, ideas. Así, con la colaboración de organismos de DDHH, colectivos de familiares, compañeros y compañeras de militancia, fuimos construyendo un listado que a la fecha incluye una treintena de jóvenes arquitectos, arquitectas y estudiantes de arquitectura que fueron desaparecidos y asesinados por el Terrorismo de Estado, y que por alguna circunstancia hayan pisado suelo santafesino: ya sea porque aquí nacieron, estudiaron, militaron políticamente o cayeron.
Aquel no era un viaje más (a decir verdad, ninguno lo fue). Pero lo particularmente atrapante de este, era que íbamos tras la búsqueda de una historia que nos estaba resultando esquiva, por falta de testimonios e información: la historia de Ana María Ciancio. Y si bien su nombre formó parte de todos y cada uno de los actos homenaje que realizamos en el CAU-D1 desde los inicios (allá por 2017), en su caso había algo que nos desvelaba: nos resultaba imposible poder dar con una foto de ella, conocer su rostro, descubrir su mirada. Es así que, desde los primeros actos, decidimos suplir esa ausencia con un recurso que –a la vez que un acto de justicia- es una denuncia. Reemplazar su rostro no conocido con una silueta genérica de mujer, como aquellas que inundaron las calles de nuestro país en los albores de la democracia, como acto político de resistencia, de no ceder al olvido, de búsqueda de la verdad a pesar de todo.
La voz de Roberto, pausada, afable -aunque firme-, aún hoy carga con el peso de aquel recuerdo que nunca lo ha abandonado a pesar del tiempo transcurrido.
“Cuando el micro finalmente arribó, bajaron todos los pasajeros. Todos, menos Ana María”.
Roberto hace una pausa, dejando que el silencio hable por él. En sus ojos mirando la nada -o más bien mirándose tan joven y lleno de vida, vaya uno a saber-, parecería tener grabada a fuego sus ansias incumplidas de verla descender de las escaleras del colectivo esa madrugada que nunca fue. Y correr a su encuentro y abrazarla con todas sus fuerzas. Y besar sus labios que quedaron detenidos en el tiempo, desde ese día y para siempre. En ese instante de su relato nos invade un silencio tan denso como los años de incertidumbre, de ausencia, de preguntas sin respuesta que se sucedieron desde esa noche aciaga. Nadie de los allí presentes nos atrevimos a interrumpirlo.
Más tarde, atando cabos y reconstruyendo los pedacitos dispersos de historias, se sabría que en algún punto del viaje Ana María, su novia, había sido secuestrada. Nunca llegó a El Trébol. Nunca volvió a ver a Roberto. Nunca más.
El encuentro que no fue, quedó congelado en el tiempo, detenido en una espera eterna, como un juego de las escondidas que algún ser oscuro, cruel, arbitrario, decidió pervertir.
Una pausa infinita que no solo truncó la vida de Ana María y la de 30 mil vidas jóvenes, sino también la de sus familiares y quienes compartieron espacios de amistad, trabajo o militancia, que tuvieron –de la noche a la mañana- que comenzar a convivir con las ausencias más presentes -con las presencias más ausentes- que jamás hubieran imaginado existan.
En este juego macabro, Ana María nunca tuvo la oportunidad de salir de su escondite, de gritar “acá estoy”. Su risa quedó atrapada en algún rincón del tiempo, silenciada como tantas otras.
La espera de aquel día nunca terminó, como si quienes les amamos y esperamos, nos hubiéramos quedado contando con los ojos cerrados, hasta su vuelta.
La “foto” como vínculo con la memoria y la identidad
La importancia del registro fotográfico de hechos y personas que nos importan es medular. Según Ana Longoni “(…) Agarrar una fotografía, la primera que tengo al alcance y salir a recorrer hospitales, morgues, comisarías, etc., buscando a esa persona. Este gesto que sin duda está vinculado con cualquier búsqueda del paradero de un ausente, de un ausentado, a partir del año 77-78, cuando las madres empiezan a conformarse como organismo, adquirió primero una cierta materialización a partir de estas pequeñas pancartas que las madres colgaban de su cuerpo, o abrochaban sobre su ropa con alfileres de gancho y que siempre tenían que ver con el vínculo que unía a esa persona con la persona representada en esa fotografía, es decir, hacían hincapié fundamentalmente en el vínculo de unión, en el vínculo familiar que unía a la persona representada en la fotografía con la persona que portaba la fotografía. Habitualmente el origen de esas fotografías puede ser bien el álbum familiar o bien el documento de identidad. El hecho de que muchas de las madres elijan esas fotografías, a veces, tiene que ver con que era la única foto que tenían a su alcance, justamente por las cuestiones de clandestinidad de la militancia y por el arrasamiento de los cuerpos y de las casas donde vivían los militantes, no quedaba otra foto que la que quizá retenían los padres de algún viejo carné de fútbol o lo que fuera, a veces eran las únicas fotos al alcance”.
Una foto es una prueba tangible de que alguien vivió, sonrió, amó, existió. En el contexto de las desapariciones forzadas, la ausencia de una foto se convierte en un eco del vacío que dejaron esas vidas arrebatadas. La búsqueda de esa imagen se transforma en un acto de resistencia frente al intento de borrar su existencia. Es gritar fuerte “¡Aquí falta alguien!”.
Las fotos no solo capturan un instante, sino que evocan emociones, historias y relaciones. Una imagen puede reconstruir un fragmento de lo perdido, ayudar a completar las piezas del rompecabezas de la memoria y mantener viva la conexión con quienes ya no están. La ausencia de esa foto implica también la ausencia de ciertos recuerdos y emociones compartidas.
En nuestro país, marcado a fuego por las consecuencias del terrorismo de Estado, las fotos se convierten en banderas de lucha, como lo demuestra el uso de imágenes de desaparecidos en marchas y actos de memoria. Una foto ausente habla no solo de la pérdida de un individuo, sino del impacto colectivo que tuvo el intento de aniquilar una generación entera. La ausencia se vuelve una herida en el tejido social.
Para sus familiares, una foto puede ser una herramienta para procesar el duelo. Tenerla permite recordar sus rostros, en cierto modo anclar su humanidad por el resto de los días. Sin esa imagen, el duelo queda incompleto, y la búsqueda se convierte en un acto perpetuo de resistencia frente al olvido. La fotografía actúa como un soporte tangible que permite elaborar el duelo. Y en ese contexto, la búsqueda de esa foto se convierte en un intento de reconstrucción.
La dictadura no solo desapareció personas físicamente, sino que intentó borrar sus rastros. La falta de una foto, en este sentido, puede interpretarse como el intento deliberado de eliminar cualquier vestigio de su vida, un acto de violencia que persiste más allá de la desaparición física.
Por otro lado, buscar una foto no es solo buscar un retrato; es una forma de buscar justicia, reconstruir la historia y desafiar la narrativa oficial que sustentó tantas atrocidades cometidas. Cada imagen encontrada de una persona desaparecida es una victoria contra el olvido impuesto. Por lo tanto, la ausencia de la foto se convierte en una lucha simbólica por la memoria y la verdad.
Las fotografías son un legado visual que permite a las generaciones futuras conocer su historia. La ausencia de la foto rompe ese puente intergeneracional, dejando un espacio vacío en la transmisión de la identidad familiar, y en lo que pretendemos ser como nación.
Una foto ausente no es solo una ausencia física, sino una presencia simbólica que grita desde el vacío. Representa todo lo que no puede ser contado, todo lo que quedó trunco y, a la vez, el espacio que insiste en no ser olvidado.
Aquí radica la fundamental importancia de la foto como recurso visual para dar fe de la existencia de alguien o algo, para identificar a alguien a quien el Estado niega su derecho a la identidad, pues es el responsable de su ausencia, para reclamar vivamente su aparición con vida, para contar una historia individual relacionada con recuerdos personales y de la familia que, necesariamente, se ve reflejada en miles de historias similares que comparten un mismo sello, a modo de entramado colectivo.
La búsqueda parecía dar frutos
En la cálida entrevista que nos regaló en su departamento de Rosario para el documental Huellas de Arquitectxs, Roberto Maurino nos contó que tenía la certeza absoluta de que, en algún cajón de algún mueble de su casa en El Trébol, atesoraba una foto de Ana María. Que en el próximo viaje a esa ciudad la iba a buscar y nos la iba a compartir con gusto, para que podamos unir su nombre con su mirada, tal como se lo expresamos con profunda alegría. Estábamos muy cerca, solo restaba esperar el viaje de Roberto a su tierra y la llamada para ir en busca de la foto de Ana María Ciancio, la foto que nos falta.
Adiós a un militante (o un nuevo desencuentro).
Pasaron unos pocos meses, y nos encontramos con la dolorosa noticia de que Roberto Maurino, militante peronista, historiador, abogado, tipo comprometido, pero por sobre todas las cosas buena madera, falleció el 04 de mayo de 2024.
La foto de Ana María Ciancio, esa que nos duele, y que venía a poner rostro a su historia de vida y de lucha, esa que nos desvela encontrar, una de las miradas que nos faltan, sigue esperando –tal vez sin siquiera imaginar nuestra búsqueda sin tregua- en la oscuridad de algún cajón de algún mueble de la casa de algún pueblo de Santa Fe, para ser rescatada del olvido. Y reencontrarse con quienes la seguimos buscando.
El mundo hubiera sido otro
Al final de las entrevistas para el documental Huellas de Arquitectxs, les pedimos a quienes ofrecieron su testimonio que nos dejen una última reflexión que tiene más que ver con lo emocional, y es –más o menos- la siguiente: desde su vivencia personal en relación con estas compañeras y compañeros, ¿qué creen que hubieran aportado estando vivos hoy, aquí, entre nosotros, desde lo disciplinar, desde lo humano, desde lo que estamos viviendo actualmente, a la sociedad?
Las respuestas son concurrentes y –en la totalidad de los casos- ponen de relieve la calidad humana, profesional y el compromiso militante de quienes hoy están ausentes.
Resaltar esa faceta humana que en todas las entrevistas afloraba, lejos de las idealizaciones, del bronce mortuorio que suele contaminar la muerte, nos habla de los valores que cultivaban en la amistad entregada, la militancia comprometida, el respeto, la pasión, la responsabilidad.
En una de las primeras entrevistas que realizamos, graficando esto de manera categórica, el entrevistado nos dejó una definición inmejorable: el “compañero”, la “compañera”, en aquellas épocas era esa persona que uno no necesitaba mirar hacia atrás para corroborar que estaba. Si te decía que estaba atrás tuyo, estaba ahí, firme, y punto.
¿Por qué seguir hablando de estas historias?
¿Por qué, casi 50 años después, aún hay nombres de personas desaparecidas sin rostro?
¿Cuál es el valor que adquiere una simple fotografía en tan doloroso contexto?
Esa foto ausente de Ana María Ciancio, arquitecta del sur de Santa Fe desaparecida de la faz de la tierra en el trayecto de Buenos Aires a El Trébol, donde la aguardaba su novio y con el que nunca se reencontró, nos habla de la profundidad del daño que las prácticas del Terrorismo de Estado causaron en la vida de miles de personas, y que se multiplican por tantas más en el entorno inmediato, en sus círculos laborales, de militancia y en los ámbitos profesionales, que se vieron privados de la presencia de integrantes naturales de esos espacios, producto de una metodología de terror implementada desde el Estado que lejos de limitarse al hecho puntual y el momento preciso en que se produjo, expandió los efectos de su influencia en el espacio y en el tiempo.
Tal es así que el recuerdo doloroso, violento de algún acto vandálico de las fuerzas represivas en alguna casa, dejó huellas indelebles en los alrededores, en toda la cuadra, en el barrio entero a veces, al tiempo que su onda expansiva se reprodujo generación tras generación en el linaje de quienes fueron despojados de sus vidas y de sus sueños de esa manera vil.
Por otro lado, no es posible escindir este análisis de una mirada anclada en el hoy, donde asistimos a la pretensión de imponer un relato que niega de los crímenes cometidos por la dictadura, esta vez instigado desde las más altas esferas del poder político, llevándose por delante años de construcción de los más plurales consensos cimentados en 40 años de democracia. Ante esto, entendemos como colectivo que las banderas de Memoria, Verdad y Justicia deben levantarse más alto que nunca, visibilizando –en nuestro caso- a esa treintena de colegas (y futuros colegas) nuestros que hoy no están entre nosotros porque hubo un Estado que decidió desaparecerlos y desaparecerlas.
La mirada recuperada de Ana María
Como la verdad que intentaron ocultar tantos años, siempre joven, siempre nueva, luego de muchas búsquedas infructuosas, escribiendo esta crónica, apareció la foto de Ana María Ciancio. Ese rostro que nos faltaba.
Acá no se trataba de un juego, no había ningún álbum que llenar; acá de lo que se trataba era de recuperar una mirada que reclamaba ser visibilizada, rescatada del olvido.
Hoy, 24 de marzo de 2025, a casi cincuenta años de su secuestro y desaparición, logramos conectar su historia con su mirada, para que el dolor –al menos por un rato- no nos duela tanto.

ANA MARIA CIANCIO
Foto recuperada de los archivos de la Colección Agencia Federal de Inteligencia 01.
Fecha: 06/03/2025. Fuente: Archivo Nacional de la Memoria.
Código de referencia: Colección AR-ANM-AFI01.